Cuál es el miedo que te impide ser esa persona que sueñas

Nuestra vida transcurre entre dos grandes miedos: el miedo a la vida y el miedo a la muerte. Y entre ellos, convivimos habitualmente con innumerables miedos: el miedo a la oscuridad, a sufrir, a la opinión que los demás tengan de nosotros, miedo a perder el trabajo, a la pobreza, a ser rechazado, al fracaso, a la crítica, a que descubran nuestros secretos más íntimos, a perder a un ser querido, a la soledad, a la vejez, al infierno o al castigo divino, miedo a aceptar que tenemos miedo, miedo a estar con nosotros mismos y observar que no estamos siendo esas personas que alguna vez quisimos ser.

Pero no todo es tan malo, el miedo es también la emoción responsable de nuestra sobrevivencia como especie, ya que nos ha permitido detectar e identificar las amenazas del contexto y responder en coherencia para evitar los peligros y así sobrevivir.

Pero a nivel psicológico esta emoción es percibida como altamente perjudicial, toda vez que las situaciones o cosas que juzgamos como amenazantes, no necesariamente son reales, y por ende, es nuestra mente la que nos hace vivir esta especie de espejismo que nos atasca, nos paraliza, esclaviza y nos impide avanzar en nuestro desarrollo personal.

 

Ya no nos persigue un tigre dientes de sable, pero para nuestra mente, la crisis económica, la violencia social, los problemas laborales, las relaciones tóxicas y todo aquel estímulo nuevo que nuestro cerebro no relaciona con algo conocido, es considerado por nuestra mente como un peligro mortal. Nuestro cerebro reacciona desde el modo “piloto automático” para mantenernos a salvo y por ende, nos regala todo tipo de argumentos y justificaciones para que nos arriesgarnos y permanezcamos en nuestra zona de confort.

 

 

No somos nuestros pensamientos

“Todo lo que somos es el resultado de lo que hemos pensado”

Buda Gautama

Nuestra mente no sabe distinguir entre un hecho que está sucediendo efectivamente allá afuera de una situación que está ocurriendo sólo en nuestro pensamiento. La mayoría de los miedos son irreales ya que nacen y habitan solo en nuestros pensamientos.

El problema es que solemos identificarnos con nuestros pensamientos, es decir, creemos que la voz que escuchamos en nuestra mente en realidad somos nosotros y no somos capaces de separarnos del pensamiento del miedo, no logramos observar que la realidad puede ser una infinita gama de posibilidades, muy diferentes a la que nuestro pensamiento repite una y otra vez en nuestra cabeza.

Si mi hijo quedó en llegar a las 24:00 horas, y ya son las 00:30 y me doy cuenta de que aún no ha llegado, mi primer pensamiento es ¿le habrá pasado algo malo? Y esa pregunta en mi mente es un pensamiento de que se abre como ramas de un árbol, a otros pensamientos derivados como: “quizá tuvo un accidente” o “fue asaltado” o “secuestrado”.

Entonces, ese pensamiento de miedo es identificado por mi cerebro como “la realidad”, y por ende, se activa el sistema nervioso simpático que genera reacciones químicas para preparar al cuerpo para el estado conocido como “de lucha o huida”. Nuestro cerebro entra entonces en este estado de piloto automático en el que comienza a reorganizar el flujo sanguíneo para multiplicar la potencia muscular por cinco, para lo cual deja al cortex prefrontal o sistema racional y a los sistemas digestivo y reproductor, con el mínimo de oxígeno y glucosa, ya que no es tiempo para pensar, para sentir hambre o excitación, solo es tiempo de reaccionar y rápidamente.

Y entonces, reacciono… veo el Whatsapp y me doy cuenta de que no se ha conectado hace más de una hora. Lo llamo y no contesta. Mi pensamiento comienza a ramificarse y ahora, me imagino recorriendo hospitales, veo a mi hijo en una camilla herido, o algo peor. Mi presión arterial se dispara, mi corazón late rápido, mi respiración se entrecorta y siento un peso inmenso en mi pecho…

Pero claro está, que todo esto está sucediendo solo en mi mente, solo son mis pensamientos. En realidad, mi hijo se había quedado sin batería y cuando mi corazón estaba a punto de estallar, siento el reconfortante sonido de la llave en la puerta y la voz de mi hijo diciendo: “llegué mamá, supongo que estás despierta… Lo siento, me vinieron a dejar los papás de mi amigo y pasamos a dejar a otros compañeros antes.”

¿Cuántas veces te ha pasado algo similar?

Puedes cambiar de historia y recordar esos miedos que han surgido en el ámbito laboral, cuando te has visto en situaciones de mucha presión, con miedo a que descalifiquen o a no ser considerado/a o reconocido/a; o en tu emprendimiento, cuando construyes esas miles de ramas a partir de pensamientos tales como: y si no les gusta mi producto o servicio, y si no me compran, y si me va mal, y si…

“Y si”… es el mantra del miedo. Es que son tantos los miedos que nos acechan a todas horas del día y sobre todo de noche…

Más aún en estos tiempos de tanta incertidumbre y profundos cambios que experimentamos como sociedad, ya que es precisamente la pérdida de la seguridad o estabilidad externa (cuando cambia el mundo tal como lo hemos conocido), una de las situaciones que más miedo nos provoca. Es tan grande el deseo de que las cosas vuelvan a ser como antes, que tratamos de controlar a cualquier precio las circunstancias externas. Y como el control es solo una ilusión, este estado de ánimo que nos sitúa en “pie de guerra contra el cambio”, solo nos encierra en una cámara de eco en la que nos rodeamos de gente que piensa igual que nosotros, seguimos cuentas en redes sociales que ratifican nuestra ideología, y comenzamos a deshumanizar al “otro” que piensa distinto, sobre el cual descargamos esa rabia y frustración que nuestro miedo alimenta.

Las ramificaciones del miedo

El miedo es la más temida de las emociones y está directamente relacionada con la incapacidad para lograr nuestros objetivos, ya sean personales, laborales, relacionales o sociales. A mayor miedo mayor desgobierno y menor eficacia y efectividad. Es el miedo el que se esconde detrás de la gran mayoría de decisiones que tomamos en la vida y por ende es el gran responsable de nuestro estancamiento, de nuestros padecimientos y de la sensación de que cambiar no es posible.

La preocupación, la inseguridad, la ansiedad, la desconfianza, la suspicacia, el pánico y la paranoia son graduaciones de menores o mayores intensidades de la misma emoción de base: el miedo, y constituyen el sustento de todo tipo de justificaciones que nuestra mente elabora para mantenernos allí, en esa mal llamada zona de confort que nos hace sentir cómodos mientras repetimos ese tipo de pensamientos como: yo soy así, es que no puedo, es tan difícil, para qué cambiar, esto no es para mí, etc.

Por si fuera poco, además el miedo se disfraza de cautela, incomodidad, timidez, pero también, de tensión, ira e impulsividad… En definitiva, el miedo representa nuestro ego en su máxima expresión.

Estoy de acuerdo, pero a mí no me pasa…

Puede que a estas alturas estés pensando que tú estás libre de esta detallada descripción, pero te pido que pienses en los pensamientos que surgen en tu mente cuando alguien te cuestiona, te acusa, o en los argumentos que esgrimes cuando estás discutiendo, cuando estás tratando de que tu punto de vista sea escuchado por sobre el del “otro”… recuerda como tu voz interna comenzó a crecer en tu cabeza y se volvió tan fuerte que ya no pudiste escuchar nada más que las justificaciones que tu mente te regalaba para acallar, atacar y culpar a tu contrincante. Porque… claro, después de todo, tu solo eres la víctima de esa historia que te repites una y mil veces, recreando aquellas escenas de sufrimiento, maltrato, abandono, abuso, traición, y un infinito etcétera que te permiten justificar tu posición de autoridad moral sobre ese “otro” que te planta en cara y te incomoda…

Nos sentimos como personajes de una producción cinematográfica, y por supuesto que somos los protagonistas a quienes “les pasan” cosas malas y por lo tanto, debemos “ganar”, someter o convencer a nuestros antagonistas de que somos nosotros quienes tenemos la verdad.

Espero de todo corazón que a estas alturas ya hayas comprendido que no es verdad que tu pensamiento relacionado con tus miedos sea verdadero. Si no logras disociarte de tus pensamientos, creerás que en verdad el miedo es tu realidad, y entonces, tu cuerpo comenzará a generar reacciones automáticas frente a ese “tigre” que te amenaza. Cuando se activa tu sistema simpático y entras en modo “lucha o huida”, recuerda que por defecto, nuestro sistema racional se queda con menos oxígeno, por lo tanto, no estamos pensando y nuestras reacciones serán inconscientes, automáticas e irracionales. Comienza un círculo vicioso en el que empezamos a pensar cosas que nos dan todavía más miedo y eso nos ratifica en la idea de permanecer en la zona de comodidad para no sentir la ansiedad de lo desconocido. Entonces, no aprendemos un nuevo idioma, o ese curso de analítica de datos o marketing digital, no tenemos esa conversación para enfrentar ese conflicto que nos pesa, no emprendemos nuevamente después de 3 o más fracasos, no nos arriesgamos… y lo peor, es que nos llenamos de excusas, que no son más que esas justificaciones que ya sabemos están ahí para mantenernos tibios en esa zona en donde supuestamente estamos a salvo.

El miedo nos invita a trascender el ego y encontrarnos con nuestro YO superior

Cuando nos acercamos al umbral de la zona de confort sentimos miedo. Lo desconocido, lo incierto, lo que va a suceder en el futuro creemos que depende de múltiples variables externas que tratamos infructuosamente de controlar, pero como el control es una ilusión de “ego” , el resultado es una profunda frustración que nos refuerza nuestra inseguridad e incapacidad para lograr nuestros objetivos.

Pero cuando comprendemos que el verdadero, único y gran poder que poseemos es el de cambiarnos a nosotros mismos, este miedo al futuro, a lo incierto, es precisamente el que nos alerta y nos empuja a hacernos responsables de nuestro proceso de desarrollo, de madurez, de individuación, como lo llama Carl Jung.

Este proceso es un profundo y apasionante viaje hacia adentro que comienza precisamente en el miedo, en su reconocimiento y aceptación. Cuando entendemos que nada ni nadie puede hacer por nosotros lo que solo nosotros podemos experimentar, entendemos que es al otro lado del miedo en donde habitan las infinitas posibilidades que surgen de entender que no somos nuestros pensamientos, y que debemos iniciar el camino de desidentificación con nuestro ego, no mañana, no después… Si estas palabras te han hecho sentido es porque tu momentum ha llegado.

Si sientes que tu estado del ser es un constante “pie de guerra” ante la vida, es porque tus miedos te están susurrando tan fuerte que no has podido escuchar tu verdadera voz interior y lo más probable es que permanezcas la mayor parte de tu día a día entre el pasado y el futuro.

Ya hablamos de cómo el miedo te atasca en un estado de permanente ansiedad por lo que va a ocurrir. Y también detallamos al comienzo de este artículo, la forma en la que nos aferramos al pasado, ya sea para recrearlo o para no repetirlo, no obstante, estamos trayéndolo a nuestro presente, repasando vivencias que justifican nuestra conducta.

De esta forma el miedo se constituye en el principal alimento del ego. El ego solo puede habitar en ese espacio en que se gatilla una emoción conocida del pasado o en esa emoción que se dispara al no tener el control de las cosas que sucederán en el futuro.

Por lo tanto, para trascender al ego, aunque parezca sencillo, solo basta con habitar el presente. Así de simple y perfecto. Cuando logramos entrar en ese estado de “presencia”, cuando somos conscientes de que no somos nuestros pensamientos, cuando logramos desindentificarnos de esas creencias limitantes que nos introyectaron, entonces, estando en el “ahora”, tenemos el poder para reinterpretar nuestro pasado y hacer de nuestro futuro lo que decidamos ser.

Ese es el gran poder que trasciende el miedo, que es más grande que el ego, más grande que la mente. Ese poder se llama consciencia, y todas las personas lo tenemos, aunque muy pocas lo experimentamos. Estar consciente o tomar consciencia es iniciar el viaje del autonocimiento, es dejar de vivir en el pasado y en el futuro, para entrar en la presencia de nuestro Yo superior, ese que es más grande que la mejor versión que has imaginado nunca de ti.

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