¿Desempleado o subempleado?

Muchas fueron las publicaciones que celebraron el último informe de desempleo entregado por el INE (Instituto Nacional de estadísticas) que indica que, en Chile, en el trimestre diciembre 2021-febrero 2022 el 7,5% desempleo representó un descenso de 2,8 puntos porcentuales en 12 meses.

Pero nada se comentó de los dos indicadores complementarios a la tasa de desocupación (7,5%), que son “la tasa de presión laboral” y la “tasa combinada de desocupación y fuerza de trabajo potencial”, cuyas cifras son 12,1% y 15,4% respectivamente, y que incluyen a las personas que no han salido a buscar trabajo por una parte, además de quienes no tienen empleo a pesar de estar buscándolo y quienes podrían potencialmente sumarse a la fuerza de trabajo, pero por diversas razones, no lo están haciendo.

A esta ampliación del espectro del desempleo, debemos añadir el desempleo encubierto, del que no tenemos cifras oficiales, ya que se trata de aquellas personas que no se registran como parte de los desempleados, no obstante, se desempeñan en un trabajo muy por debajo de sus capacidades y por ende su productividad es limitada. Por ejemplo, los profesionales que, por no encontrar empleo en puestos afines con sus profesiones, prefieren trabajar en Uber o en cualquier tipo de plataformas de la economía gig, colaborativa o freelance.

Hasta aquí, solo estamos hablando de puntos porcentuales más o menos de la cantidad de desempleados en Chile. Sin embargo, el panorama se vuelve mucho más complejo cuando tratamos de entender que, tras la aparente recuperación del empleo, seguimos teniendo una alta demanda de ciertos puestos de trabajo, al mismo tiempo que las tasas de desempleo siguen subiendo. Es decir, no hay empleo para quien lo quiere, y sin embargo, tenemos mucho empleo para quien no lo quiere y/o no tiene las competencias para acceder a él.

De lo que tampoco se está hablando, es de que nuestro desempleo es “estructural” o de largo plazo, y esto está ocurriendo ahora que, precisamente, la velocidad a la que se aceleran las transformaciones en la industria por la exponencialidad del desarrollo tecnológico, no está dejando mucha posibilidad de maniobra para desarrollar respuestas pertinentes.

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Este tipo de desempleo estructural o de largo plazo se genera porque las empresas que demandan empleo no logran encontrar el perfil de trabajador que buscan. No se trata de escasez de demanda sino de un cambio relevante en la tecnología y en la conducta de los consumidores, que ha modificado las necesidades de los empleadores, mientras que los trabajadores no han tenido tiempo suficiente para ajustar sus habilidades a esta nueva realidad.

La industria ya no necesita una mano de obra que realice acciones repetitivas en una línea de montaje o el aporte de un trabajo que se viene haciendo de la misma forma que hace 2 o 5 años atrás. La velocidad de los cambios es tan abrumadora, que el trabajador que ingrese al mercado laboral en esta Era digital será aquel que pueda relacionarse con la tecnología en constante desarrollo, y no aquel que sepa hacer muy bien alguna actividad que las máquinas pueden hacer muchísimo mejor.

Entonces, no existe una falta de demanda de trabajo, sino que la oferta de trabajo no se ajusta a las necesidades de los demandantes y no vemos ni al Estado, ni a las universidades, ni a los privados, ni tampoco vemos a las y los trabajadores, ni a los sindicatos tomando acción en el asunto.

En el 2018, el estudio de Espacio Urbano informó que, en prácticamente todos los sectores de la economía chilena, el porcentaje de trabajadores que se capacitaba era solo del 4,6%.

Sin embargo, la pandemia cambió esta realidad y según Sence, en el 2020 se capacitó un 49% más de trabajadores que en el 2019 a través de la franquicia tributaria de SENCE.

Las organizaciones que intentan capacitar a sus empleados, se enfrentan por su parte a una resistencia generalizada, por parte de los trabajadores a usar tiempo extra laboral para asistir a capacitaciones, de tal forma que éstas se realizan dentro del horario laboral, pero sin dejar de exigir resultados, por lo que, los trabajadores están respondiendo mails, atendiendo llamadas, o resolviendo algún requerimiento, mientras mantienen encendida la cámara de zoom para validar su asistencia al curso y así poder cumplir con el requisito de SENCE para que la empresa pueda obtener el beneficio estatal por trabajador capacitado (esto lo he vivido en carne propia como relatora y charlista).

¡Huston, tenemos un problema!

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Entonces, el aumento en las cifras de trabajadores que se han capacitado no guarda relación con la bajísima productividad que mantiene a Chile, desde hace varios años ya, en últimos lugares de aporte al PIB por hora de trabajo.

Por otra parte, el informe sobre el future del trabajo del World Economic Forum del 2020 es categórico sobre la brecha entre la oferta y la demanda laboral. “Para 2025, 85 millones de puestos de trabajo pueden ser desplazados por un cambio en la división del trabajo entre humanos y máquinas, mientras que pueden surgir 97 millones de nuevos roles que se adapten mejor a la nueva división del trabajo entre humanos, máquinas y algoritmos”.

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De acuerdo con estudios del Banco Interamericano de Desarrollo, en América Latina y el Caribe, el mercado laboral no funciona como debería: la mayoría de los trabajos son informales (sin acceso a los beneficios de la seguridad social), altamente inestables y poco productivos.

Esto quiere decir que el problema del desajuste del mercado laboral con la demanda de trabajo especializado es aún más grande, si agregamos a la ecuación a las personas que se están dedicando cada vez más, a emprender tanto en Chile como en América Latina, precisamente por su imposibilidad de acceder a un empleo formal debido a que sus competencias no se adecúan a los requerimientos de la demanda de la industria, e intentan emprender imitando modelos de negocios tradicionales.

En este sector de trabajadores por cuenta propia tampoco encontramos una situación diferente. Los programas de capacitación a emprendedores, incluyen una gama analógica y muy poco original de cursos de costos, Lean canvas, formalización, marketing digital, incluso desing thinking, con los que pretenden aportar valor a personas que están emprendiendo por necesidad, no porque tengan las habilidades para sostener la automotivación y superar el valle de la muerte del emprendimiento, ni porque tengan la capacidad de observar el contexto y las cambiantes necesidades de los gustos y preferencias de los consumidores.

Es que la ingente oferta de cursos de transformación digital a Pymes, no está logrando cambiar la mentalidad de los emprendedores para que entiendan que el emprendimiento no puede basarse en lo que ellos saben hacer, sino en lo que el mercado necesita y por el que están dispuestos a pagar. No se trata de poner una capa de tecnología al emprendimiento, sino de transformar su modelo de negocio a la luz de lo digital. Y eso no hay clase de Canvas que lo pueda lograr.

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Las personas que quieran emprender en esta era digital necesitan primero desarrollar habilidades de autogestión, autoconsciencia y autoconocimiento que les permita encontrar su propósito masivo trascendental, su IKIGAI, o su “para qué”, como lo explica Simón Sinek en su Círculo dorado. Pero por mucha charla, webinar o curso que se imparta con estas ideas, no estamos logrando que los emprendedores vean que la transformación digital es algo más que el uso de redes sociales para darse a conocer o comercializar sus productos o servicios. 

Si las personas no comienzan a aprender de Inteligencia Artificial, de Blockchain, de IoT (Internet de las Cosas), de Cloud Computing, de BigData, de Ciberseguridad, será imposible que se conecten con las necesidades de un mundo que ya está experimentando el metaverso y la computación cuántica, mientras una buena parte de nuestros trabajadores aún ni siquiera saben usar Excel.

Frente a esta brecha entre la demanda de cargos ligados a la tecnología y la escasa oferta de estos, le pido al lector que reflexione lo siguiente:

¿Me he capacitado sobre las nuevas tecnologías en los últimos 2 años?

¿Qué valor real me han agregado las últimas capacitaciones que tomé?

¿De qué forma he aplicado los nuevos aprendizajes adquiridos? ¿Hasta qué punto han cambiado mis competencias con estas capacitaciones?

¿Soy una oferta de mayor valor agregado producto de las capacitaciones que he tomado? 

Si quieres aprender más de estas tecnologías que están cambiando lo que somos como humanidad,  te invito a experimentar un programa que te mostrará el potencial de estas tecnologías y sus implicancias en nuestra vida personal, familiar y por supuesto laboral.

-PRONTO LANZAREMOS LA PRÓXIMA FECHA DEL CURSO “6 TECNOLOGÍAS PARA LA ERA DIGITAL”.-

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