¿Homo sapiens-sapiens u Homo distractus?

“Nada ni nadie nos puede dañar sin nuestro consentimiento. Y el hecho de que las compañías tecnológicas estén luchando por robar nuestra atención, es porque nosotros mismos estamos entregándoles ese control, y en bandeja”.

¿Homo sapiens-sapiens u Homo distractus?

Supuestamente la evolución de nuestra especie, hace unos 100.000 años atrás dio lugar a un ser bípedo con una nueva estructura cerebral que nos diferenció para siempre de nuestros ancestros primates: el cortex prefrontal en donde se encuentran las funciones racionales encargadas de comprender, memorizar, recordar, inhibir y decidir.

Ya en Grecia en el siglo IV a.c. Aristóteles afirmó que el hombre es un ser racional. Más tarde Descartes en siglo XVII llegó a afirmar que la razón está incluso por sobre la experiencia, elevando al ser humano por sobre el resto de la creación: el “pienso, luego existo” condicionó el progreso de la humanidad al objetivo único de buscar la “verdad” (absoluta) a través de la razón.

El racionalismo le dio una base objetiva a nuestra existencia, y a partir de allí, al menos en nuestra civilización occidental, comprendimos y aceptamos que existimos en la medida que pensamos, por lo tanto, nuestro pensamiento se constituye en “verdad”, o al menos en “nuestra verdad”, y así, es como pasamos a ser meros espectadores de lo que nuestra mente condicionada elabora.

No somos seres racionales

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El problema con esta creencia -poderosa y arraigada en nuestro inconsciente individual y colectivo-, es que en verdad creemos que no podemos hacer nada para cambiar nuestra forma de pensar. Pesan más sobre nuestra conducta las creencias que condicionan nuestros pensamientos ya que, la mayor parte del tiempo, tenemos la sensación de que las justificaciones que nuestra mente argumenta son la verdad, por tanto, tenemos la razón y creemos, por ende, que estamos haciendo lo correcto.

No estamos siendo racionales (sapiens sapiens) cuando no somos capaces de cuestionar por qué hacemos lo que hacemos, por qué nos enfadamos, por qué sentimos angustia, por qué no tenemos fuerzas para seguir adelante. Cuando nos dejamos llevar por nuestras sensaciones y emociones, en realidad estamos viviendo como hámsteres, corriendo sobre la rueda para que no pare de girar.

Este modo de “piloto automático” en el que permanecemos la mayor parte del tiempo, es el gran responsable de nuestros resultados. Nuestras relaciones familiares, sociales y laborales, nuestras finanzas, nuestra salud, etc. dependen de los pensamientos que condicionan nuestras emociones y comportamientos.

Por supuesto que el contexto influye, pero el disparador de nuestros actos es la interpretación que nuestro pensamiento da a los que nos sucede. No nos da rabia la forma en que el jefe nos critica, sino lo que pensamos acerca de esa crítica y el juicio subjetivo sobre su contenido y sobre la persona del jefe. No nos frustra no haber podido hacer lo que nos habíamos propuesto, sino lo que pensamos sobre nuestra capacidad para hacer cosas, nuestro desgobierno, nuestra falta de control sobre nuestra mente y nuestros pensamientos.

Homo Distractus

Anastasia Dedyukhina, en su libro “Homo Distractus” nos plantea de qué forma el uso descontrolado de la tecnología nos está quitando nuestra libertad de elección e incluso nuestra identidad, sin que nos demos cuenta, y nos sitúa en un contexto que llama “crisis de falta de atención”.

Pero Dedyukhina parte de una premisa errada a mi modo de ver. La autora dice que son las grandes empresas tecnológicas las que están monetizando con nuestra procrastinación de forma intencionada, como si antes de Google, hubiéramos sido seres plenamente conscientes de nuestro comportamiento de consumo y nuestras decisiones de compra hubieran sido racionales.

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Obviamente que mientras el foco de Google y las redes sociales en general, esté en lograr maximizar el número de clics y la cantidad de visitas, tenemos un contexto que está boicoteando nuestra libertad de elección en el mundo virtual, pero me parece que este ensimismamiento tecnológico tiene sus raíces más profundas en la cultura de masas que nos quitó la riqueza de nuestra individualidad como valor.

El feudalismo tecnológico que nos ha convertido en siervos de los amos del mundo -Google, Amazon, Facebook-Meta, etc.- tuvo el camino pavimentado por nuestra cultura de hámsteres y de falta de pensamiento crítico y racional. La radio, la televisión y los medios masivos y unidireccionales de comunicación de la era industrial nos entrenaron para ser seres-hámsteres. Así fue como aprendimos que un día feliz comenzaba con un zumo de naranja, que la pasta de dientes y el enjuague bucal nos garantizaba la aceptación del grupo y que la navidad y la Coca-Cola eran rituales inseparables e indistinguibles.

Adictos a la recompensa inmediata

El famoso experimento de la caja de Skinner le permitió a este psicólogo estadounidense entender el comportamiento derivado del refuerzo condicionado.

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Skinner demostró que las palomas se volvían más adictas a picotear un botón que entrega semillas si no saben cuándo lo hará. Es decir, que si el estímulo inconsciente por una recompensa es variable, al igual que una máquina tragamonedas, tendremos una respuesta adictiva que nos llevará a buscar de forma inconsciente el “premio”, en forma de alimento, like, reacciones a un post o a una selfie, etc.

La necesidad de revisar constantemente nuestros teléfonos, aunque estemos en una conversación en familia o con amigos, mientras esperamos el autobús, en el ascensor, en el baño, incluso, mientras caminamos, se denomina un “programa de recompensas variable” y es lo que Skinner probó en el experimento con las palomas. Así como ellas picotean ese botón, nosotros vamos a nuestros teléfonos y a menudo nos quedamos decepcionados al no encontrar lo que esperábamos. Pero a veces obtenemos algo que nos parece estimulante, como un corazón en nuestro post, o un buen artículo, y ese aprendizaje de la recompensa obtenida nos hace seguir volviendo una y otra vez.

Así, estamos perdiendo horas del día, días de la semana, meses de nuestra vida en cosas que ni siquiera nos importan realmente. Nos quedamos viendo una serie por tardes o noches enteras, aunque no nos guste mucho, por el solo hecho de intuir que valdrá la pena. Nos gobierna la ilusión de la recompensa, y en ese estado de piloto automático se nos va la vida sin tomar consciencia, porque claro, la culpa la tiene el capitalismo, la tecnología, el gobierno que no legisla al respecto, etc.

Seamos sapiens sapiens, ¡ahora ya!

Cuando Reed Hastings, el director ejecutivo de Netflix, dice que el mayor competidor de su producto es el sueño, obviamente estamos admitiendo que los algoritmos están monetizando nuestra distracción, nuestra atávica necesidad de recompensa inmediata y nuestra feroz procrastinación.

Nada ni nadie nos puede dañar sin nuestro consentimiento. Y el hecho de que las compañías tecnológicas estén luchando por robar nuestra atención, es porque nosotros mismos estamos entregándoles ese control, y en bandeja.

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No podemos negar que hay una industria que financia a desarrolladores, psicólogos y expertos en juegos cuyo único objetivo es capturar nuestra atención, pero tampoco podemos obviar el hecho de que, si creemos en las fake news, si consumimos inconscientemente, si no logramos cumplir ni siquiera con nuestras propias metas y si pasamos gran parte del día culpando a otros por nuestra vida, estamos siendo esclavos primero, de nosotros mismos.

Se habla mucho de que la tecnología es la gran ladrona de nuestro tiempo, como si fuéramos indefensas palomas en el laboratorio Google o Fb-Meta, incapaces de tomar las riendas de nuestra vida, de asumir conscientemente las consecuencias de nuestros actos.

Si has llegado hasta aquí y has sentido el calor de esa llama que se enciende en nuestro interior cuando creemos que por aquí va el camino, no sueltes la tensión, no cedas más el control de tu vida a ese hámster que habita dentro de ti.

Aprender a desaprender el condicionamiento es un camino que se inicia reconociendo que si no has vivido la vida que has querido, no sirve ni la culpa ni la crítica, ni menos tu suscripción a Netflix. Solo sirve la decisión de cambiar y de asumir que somos los únicos seres que tenemos la capacidad para cuestionar por qué pensamos lo que pensamos, por qué creemos que no podemos estar sin las pantallas, por qué necesitamos esa recompensa inmediata, qué estamos buscando, a qué le tememos, qué es lo que no queremos enfrentar…

Lo que es afuera es adentro. Si crees que el tiempo se te escapa, vamos a rescatarlo, dentro de ti.

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